martes, 15 de noviembre de 2011

Cuando estoy perra eludo, cuando eludo sueño, cuando sueño imagino nostalgias, cuando imagino nostalgias me pongo feliz, cuando me pongo feliz no puedo escribir, cuando no puedo escribir solo pienso, cuando solo pienso estoy triste. Y cuando estoy triste me siento perra. (O la historia de los botones)


Imaginando que estaba sola me comí el primer botón de la camisa que viste tus sueños, dejándoles el escote libre, para el regocijo general. Al ver que no estaba sola, pues me acompañaba el miedo a la dicha, de lo nerviosa que me puse enganché otro botón que se cayó, del verbo caer, soltando aún más esos sueños, dueños de un espejismo que no se calló, del verbo callar, después de oírme hablar. “Abróchate esa camisa” le dije. Pero el espejismo contestó que no se difuminaría con la cercanía cual oasis en un desierto, entonces más bien se dibujó intensamente y desbordó algunos de los sueños por el escote, rompiendo así un tercer botón. El cuarto y quinto restantes no fueron capaces de aguantar la presión ellos solos, saltando a mis manos en un brote de furia contenida. Tus sueños me inundaron en una explosión de botones, espejismos que no se disipan, y maravillas varias, convirtiéndose así también en sueños míos que haré todo lo posible por cumplir. Y sé que tú lo entiendes.

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